evaluar el desarrollo del pensamiento histórico en los futuros docentes, no solo
como un criterio de calidad académica, sino como una necesidad ética y política
vinculada a la capacidad de enseñar a pensar históricamente a las nuevas
generaciones de educandos (Seixas y Morton, 2013; Sáiz et al., 2018).
Pensar históricamente implica una serie de operaciones cognitivas
complejas que permiten al sujeto interpretar el pasado como una construcción
situada, contingente y conflictiva. Esta premisa supone, entre otras habilidades, el
uso de fuentes primarias y secundarias, la comprensión de la temporalidad
histórica, la identificación de causas y consecuencias, la empatía con los sujetos
del pasado, el reconocimiento de múltiples perspectivas, y la construcción de
explicaciones interpretativas con base en evidencia. Sin embargo, estas
competencias no emergen de forma espontánea: requieren de procesos formativos
intencionados, progresivos y evaluables (De Leur et al., 2017; Gestsdóttir et al.,
2021; Carril et al., 2022; Carretero, 2024). Por ello, uno de los desafíos más
relevantes de la educación histórica actual es establecer niveles de desarrollo que
permitan describir, valorar y proyectar el aprendizaje del pensamiento histórico en
sus distintas etapas.
Desde esta perspectiva, para Álvarez (2025), la evaluación de los niveles de
pensamiento histórico en la formación inicial docente constituye una herramienta
metodológica clave. Permite diagnosticar el grado de complejidad alcanzado por
los futuros profesores al momento de enfrentarse a la interpretación de hechos
históricos, y al mismo tiempo, ofrece información valiosa para el diseño de
propuestas pedagógicas más exigentes, coherentes y pertinentes. En particular, el
uso de escalas de progresión cognitiva —como la utilizada en este estudio,
compuesta por cinco niveles (nulo, aprendiz, intermedio, avanzado y experto)—,