la cual se distorsionan los nexos afectivos, perpetuando así ciclos de violencia,
abuso y surgimiento de traumas.
Considerando lo anterior, la violencia de pareja no surge forma aislada, sino
que se construye a través de las relaciones distorsionadas de poder, lo que deriva
en apegos traumáticos, en vínculos no saludables, a través de los cuales la mujer
desarrollo apego hacia su agresor, dificultando la ruptura del círculo de violencia.
Por esta razón, la exposición prolongada a la violencia genera un deterioro
psicológico en distintos niveles, repercutiendo sobre lo cognitivo, al internalizar
la culpa; en lo tocante a la integración familiar, pues la mujer se desconecta
emocionalmente, asumiendo esta forma como parte de un mecanismo de
conservación; en la salud mental, generando ansiedad, estrés postraumático y
depresión crónica, con manifestaciones psicosomáticas como el insomnio,
trastornos de alimentación, entre otros.
Los efectos de la violencia en las relaciones de pareja no son netamente
individuales, dado que afectan el entorno familiar, la comunicación entre
individuos y, finalmente, el tejido social, convirtiéndose en un problema de salud
pública, que altera el bienestar colectivo. De esta manera, resulta fundamental la
identificación y atención temprana de las mujeres víctimas de violencia de pareja,
conduciendo a la reestructuración de su visión de sí misma, de conocer los
mecanismos de manipulación y victimización inversa del agresor, trabajar en el
aislamiento, educarse en violencia de género, normalizar la búsqueda de ayuda,
entre otros aspectos.
Como tal, se concibe la violencia de pareja como una distorsión de los
vínculos afectivos y filiales, donde el control, la coerción y el abuso de poder son
confundidos con lealtad y amor. Ante esta realidad, resulta fundamental conocer