familiar declarando que el republicano D. José había muerto recibiendo los Santos
Sacramentos. Situación parecida, y también en ese momento in extremis de su
expiración, vivió D. Pío Baroja un año después. No dudaron en enviarle un
emisario del régimen, empeñado en que aceptase ser enterrado en la parte católica
del Cementerio de Madrid. En este caso, el emisario fue expulsado de allí por la
lúcida intervención del sobrio de D. Pío, Julio Caro Baroja.
A día de hoy, la muerte de D. Miguel de Unamuno está siendo objeto de
diversas investigaciones. Van saliendo a la luz, por obra de los investigadores
preocupados por este acontecimiento, indicios de que esta pudo ser provocada y
no sobrevenida de manera natural (como se ha mantenido hasta ahora); apuntando
como promotores a las más altas instancias de la Jefatura del Estado Nacional,
situada en esa época en Burgos. De ser así, la muerte de D. Miguel de Unamuno
pasaría a ser considerada como un crimen de Estado: uno de los primeros de esa
larga lista de ciudadanos asesinados por el fascismo franquista.
A la espera de los resultados de esas imprescindibles investigaciones para
dilucidar la causa de su muerte, lo que sí que afirmo y mantengo es que el
nacionalcatolicismo franquista mató y enterró a D. Miguel de Unamuno como
pensador. Y que, tras la pertinente momificación por parte de sus ideólogos afines,
hicieron pública una momia de su vida, obra y pensamiento que hemos heredado,
y que desde entonces llevamos blandiendo por los centros educativos,
universidades, estudios sobre su obra, etc. Una momia tan prieta, tan bien
hilvanada, tan cuidada desde entonces que, después de 46 años de democracia, aún
seguimos paseándola como si realmente fuese la vida, obra y pensamiento de
Miguel de Unamuno: cuando no es más que una chabacana y casposa
momificación de su verdadero sentir.