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BY: se debe dar crédito al creador.
NC: Solo se permiten usos no comerciales de la obra.
SA: Las adaptaciones deben compartirse bajo los mismos términos.
Recibido: 2025-10-10 Aceptado: 2025-12-08
Página 3049
Educar contra la corrupción política: repensar la
creencia de que el poder corrompe siempre
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.17973064
Araujo-Frias, Jaime
1
Correo: jaime.araujo@udh.edu.pe
Orcid: https://orcid.org/0000-0001-8584-4525
Universidad de Huánuco. Huánuco, Perú
Resumen
La corrupción política es una calamidad pública que exige acción inmediata.
Nuestro propósito es desentrañar su génesis utilizando un análisis filosófico
complementado por la neurociencia cognitiva, buscando una solución más allá de
lo meramente institucional. La metodología se basa en el análisis de doce
conceptos de corrupción de filósofos contemporáneos, que concluye que el poder
es el elemento principal pervertido, y se dialoga con la neurociencia cognitiva para
explorar la reforma de las creencias. El resultado principal es que la raíz del
problema no es el poder intrínseco, sino la creencia compartida de que “el poder
corrompe siempre”, lo que ocasiona que los ciudadanos la toleren como un mal
inevitable. La conclusión es que la lucha efectiva no reside en reformar las
instituciones, sino en erradicar esta creencia a través de la educación, la única
herramienta principal capaz de reformar la mente y las creencias de los
ciudadanos.
Palabras clave: Corrupción política, poder político, creencias sociales,
ciudadanía crítica.
Educating against political corruption: Rethinking the belief that
power always corrupts
Abstract
Political corruption is a public calamity that demands immediate action. Our
purpose is to unravel its genesis using a philosophical analysis complemented by
1
Abogado y Licenciado en Filosofía. Universidad de Huánuco, Huánuco, Perú.
Sección: Artículo científico 2026, enero-junio, año 6, No. 11, 3049-3077
Clío. Revista de Historia, Ciencias Humanas y Pensamiento Crítico
ISSN: 2660-9037 / Provincia de Pontevedra - España
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cognitive neuroscience, seeking a solution beyond mere institutional reform. The
methodology is based on the analysis of twelve concepts of corruption from
contemporary philosophers, which concludes that power is the main perverted
element, and it enters into dialogue with cognitive neuroscience to explore the
reform of beliefs. The main result is that the root of the problem is not intrinsic
power, but the shared belief that 'power always corrupts,' which causes citizens to
tolerate it as an inevitable evil. The conclusion is that the effective fight does not
lie in reforming institutions, but in eradicating this belief through education, the
only principal tool capable of reforming the mind and beliefs of citizens.
Keywords: Political corruption, political power, social beliefs, critical citizenship.
Introducción
La corrupción política es, en esencia, un acto que nos roba la vida. Mientras
lee estas palabras, una persona en el mundo ha muerto, no por una causa natural,
sino porque el presupuesto público destinado a su alimentación, su salud o su agua
potable terminó en el bolsillo de un funcionario corrupto. La ex Alta Comisionada
de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2013) lo ha dicho
claramente: “la corrupción mata” (párr. 2). No estamos ante una elección, sino
ante una necesidad urgente: debemos luchar contra este flagelo.
Para enfrentar esta dolorosa realidad, no basta con dar golpes al aire o tratar
los síntomas. Siguiendo el viejo consejo de Sun Tzu de “conocer a tu enemigo”,
necesitamos ir a la raíz más profunda del problema. Nuestra investigación parte
de la filosofía para indagar en qué consiste realmente la corrupción política, pero
lo hacemos de la mano de la neurociencia cognitiva. ¿Por qué? Porque la
corrupción no es solo un acto económico, sino una conducta determinada por las
creencias sociales que se incuban en nuestra mente. Nuestro objetivo es claro:
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entender cómo se forma esa mentalidad y proponer una idea para combatirla de
forma efectiva.
Al final, descubriremos que el verdadero obstáculo no está solo en las
instituciones, sino en la creencia generalizada de que el poder corrompe siempre.
Esta idea hace que la sociedad tolere la corrupción, viéndola como un mal
inevitable. Por ello, para lograr un cambio real, la herramienta principal no reside
en más leyes, sino en la forja de ciudadanos: la educación. Solo al reformar la
mentalidad y las convicciones de quienes ejercerán el poder, podremos establecer
el cimiento sobre el cual cualquier otra estrategia contra la corrupción podrá,
finalmente, tener éxito.
1. Métodos
La elección del problema de la corrupción política y no otro tipo de
corrupción no es arbitraria. En una región como Latinoamérica, herida por dicho
problema, si se pretende que los trabajos de investigación sirvan para evitar el
sufrimiento que esta ocasiona (Gil-Villa, 2013), las víctimas tienen que iluminar
el camino del pensar y de la investigación. En tal sentido, para desarrollar una
investigación con pretensión de justicia, la filosofía de la liberación nos sugiere lo
siguiente:
(…) el criterio absoluto es: pensar un tema real, entre los reales los
más esenciales, entre los esenciales los más urgentes, entre los
urgentes lo que tienen mayor trascendencia, entre los trascendentes los
que se refieren a los pueblos, los más numerosos, los más oprimidos,
los que están al borde de la muerte, muerte de hambre, de
desesperación (Dussel, 2011, p. 261).
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El método de la investigación se enmarcó en un enfoque filosófico
conceptual e interdisciplinario, diseñado para ir más allá del mero análisis
institucional y atacar la corrupción desde su raíz cognitiva. Se adoptó la filosofía
de la liberación para priorizar la urgencia de enfrentar la corrupción como un
problema que afecta a las víctimas más vulnerables (Dussel, 2011). El
procedimiento se centró inicialmente en una revisión exhaustiva de doce
conceptos de corrupción política propuestos por filósofos contemporáneos. Este
análisis permitió identificar que el elemento constantemente pervertido en todos
los actos de corrupción es el ejercicio del poder.
Una vez establecido el enfoque, el método procedió a postular que la causa
principal de la corrupción radica en la creencia socialmente compartida de que “el
poder corrompe siempre”. Para validar la posibilidad de cambiar esta creencia, la
investigación incorporó un diálogo con la neurociencia cognitiva, buscando
demostrar que la mente y sus sistemas de creencias son susceptibles de reforma.
Finalmente, el método condujo a la propuesta central del artículo: que la única
herramienta principal capaz de reformar la representación mental del poder y, por
ende, erradicar la creencia que sustenta la corrupción, es la educación.
2. Resultados
2.1. Sobre el concepto de corrupción política
El alcance del conocimiento y la comprensión de un determinado problema
depende, en gran medida, de las lentes conceptuales que llevemos, a tal fin,
colocadas. Por tal motivo, se ha dicho que muchas veces el progreso de la ciencia
consiste antes que, en un aumento del número de verdades, en el cambio del
sistema conceptual (Mosterín, 2000). Con base en esta consideración, a
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continuación, analizaremos brevemente doce conceptos de corrupción política,
correspondientes a filósofos contemporáneos que han intentado aprehender el
mentado fenómeno social.
2.1.1. Enrique Dussel: el poder ejercido de forma autorreferente
Según Dussel (2006), la corrupción política radica en ejercer el poder de
forma autorreferente. Esta situación se origina cuando el pueblo deja de ser el
centro del poder y es reemplazado por las instituciones que deberían servirle como
mediadoras. En otras palabras, la corrupción política comienza con una inversión
del poder: el poder fundante del pueblo es tratado como fundado, mientras que el
poder fundado de las instituciones se asume como fundante. Agrega, además, que
esta corrupción es doble: por un lado, ocurre cuando el político se cree la sede del
poder y lo ejerce de espaldas al pueblo; por otro, cuando el pueblo mismo
consiente y se somete a ese ejercicio defectuoso del poder.
Esta concepción se alinea con la distinción que el autor desarrolla entre la
potentia o el poder constituyente, originario y soberano que reside en el pueblo y
la potestas o el poder constituido, delegado y temporal que reside en los
representantes. La corrupción política se materializa precisamente en el momento
en que el representante político ejerce el poder delegado de manera autorreferente,
rompiendo el vínculo con la voluntad de vida del pueblo que le confió dicho poder,
lo que el autor también define como una escisión de los intereses del pueblo en
favor del beneficio particular.
2.1.2. Michael Sandel: la corrupción delictiva y la corrupción cívica
Sandel (2020) distingue dos formas de corrupción política. La primera, más
convencional, se comete en secreto e incluye actos como sobornos, tráfico de
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influencias o el desvío de fondos para beneficio personal o de grupos cercanos. La
segunda, que el autor denomina corrupción cívica, ocurre a la vista de todos y es,
a su juicio, más perjudicial. Esta consiste en un cambio en las costumbres
ciudadanas, marcado por el desinterés y el abandono de las responsabilidades
públicas. Se produce así una paradoja: la corrupción delictiva opera en secreto,
pero la ciudadanía es consciente de ella; en cambio, la corrupción cívica se
manifiesta abiertamente, pero los ciudadanos no suelen percibirla como un
problema.
Tal desatención ante la corrupción cívica resulta especialmente peligrosa
porque al normalizar el desinterés, mina la base de la vida democrática, haciendo
que los ciudadanos se retiren del espacio público y permitan, por omisión, el
deterioro progresivo de las instituciones y la moral colectiva. El resultado es una
sociedad apática que no solo tolera el abuso de poder, sino que deja de exigir a sus
representantes la probidad necesaria para la búsqueda del bien común, creando un
círculo vicioso donde la falta de compromiso refuerza la corrupción que la generó
2.1.3. Victoria Camps: el daño cognitivo y la normalización de la política
Camps (2015) define la corrupción política como la utilización de bienes
públicos para el beneficio privado, es decir, anteponer el interés particular al
interés común. Sin embargo, la autora sostiene que el mayor daño de la corrupción
no es el acto en sí, sino la idea que se propaga: que la política es un engaño y, por
tanto, sus malas prácticas son incorregibles. Podríamos agregar que no se trata
solo de un sentimiento, sino de una creencia generalizada. La convicción de que
la política es un oficio para deshonestos termina por normalizar la corrupción. Esta
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percepción se refleja en el imaginario popular a través de frases como: “no me
meto en política porque es sucia”.
Esta normalización tiene un efecto corrosivo sobre la ciudadanía crítica,
pues al internalizar la idea de que la corrupción es un mal inevitable y
consustancial a la política, la sociedad reduce su capacidad de exigir rendición de
cuentas y de participar activamente en el control del poder. De esta manera, el
daño principal no es solo económico, sino que es cognitivo, ya que la creencia
generalizada actúa como la raíz del problema, llevando a la tolerancia y a la apatía,
y asegurando que las prácticas corruptas continúen sin la resistencia social
necesaria.
2.1.4. Gabriel Zaid: el poder entendido como negocio
Aunque Zaid (2019) no es un filósofo de profesión, sus reflexiones sobre la
corrupción política son de gran calado filosófico para este trabajo. Según este
autor, la corrupción no es solo una manifestación del dinero mal habido, sino el
resultado de entender el poder como un negocio. Esto ocurre cuando una persona,
a la que se le ha delegado el poder, lo considera como propio y lo usa sin rendirle
cuentas al pueblo. En este sentido, argumenta que la condición necesaria para la
corrupción es que un representante utilice los intereses de otros (en este caso, del
pueblo) para su propio beneficio.
Esta instrumentalización del poder delegado es una traición directa al
mandato de servicio público, transformando la función política de ser una
herramienta para el bien común en un medio de lucro privado. Al privatizar la
gestión de los intereses colectivos, el representante corrompido subvierte la
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esencia misma de la política, que debería estar orientada hacia la justicia y la
voluntad del interés general.
2.1.5. Francesc Torralba: desviación de la función inherente y suspensión de
la justicia
Torralba (2015) define la corrupción política como un acto que desvía al
funcionario de su función inherente, permitiéndole eludir las responsabilidades y
tareas encomendadas por el pueblo. El autor subraya que en todo proceso de
corrupción se suspende el principio de justicia, ya que la motivación del corrupto
no es el interés general, sino el particular. En este sentido, sugiere que el actor
político debería estar impulsado por la voluntad de justicia, que se manifiesta en
la búsqueda del interés público.
Sin embargo, este mandato se corrompe cuando el funcionario ignora su
deber y utiliza el cargo recibido para su beneficio personal. Esta perversión del
deber y la justicia implica que el funcionario traiciona el contrato fiduciario que
lo une a la ciudadanía, transformando la administración pública de un servicio
colectivo a una plataforma de explotación personal. Al suspenderse la justicia, el
acto corrupto no solo produce un daño material al desviar recursos, sino que
socava la legitimidad del poder político y destruye la confianza ciudadana, que es
el fundamento esencial de la convivencia y el espíritu de servicio.
2.1.6. Mario Bunge: la búsqueda del poder y la apatía ciudadana
Bunge (2009) suscribe que la búsqueda del poder de cualquier tipo puede
corromper. En el caso específico del poder político, se corrompe cuando los
ciudadanos sobornan a los funcionarios públicos para obtener beneficios, cuando
los candidatos políticos compran los votos al ciudadano, cuando el resultado de
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las elecciones depende de la cantidad de dinero que se invierta en las campañas
electorales y cuando las grandes empresas ofrecen diversos beneficios a los
burócratas a los fines de obtener ciertos contratos del gobierno. Las consecuencias
de la corrupción política no solamente socavan la confianza ciudadana, sino
también perjudican los negocios justos, debilitan el Estado y engendran pobreza y
desigualdad, lo que deriva en un cinismo de parte de los representantes políticos:
consecuencia necesaria de ello supone ser la apatía que, en gran parte de la
ciudadanía, por los asuntos de interés público, se cultiva.
2.1.7. Alain Deneault: deterioro esencial y alteración de la finalidad política
Interpretando a Aristóteles, Deneault (2019) sostiene que la corrupción
política trasciende la mera apropiación de bienes públicos, el tráfico de influencias
y la venta de favores, ya que estas no son más que manifestaciones de un fenómeno
mucho más profundo. El autor describe la corrupción como un proceso de
deterioro esencial que afecta negativamente a los aspectos fundamentales de la
política. Este deterioro tiene lugar cuando la finalidad de la política se altera.
Visto desde esta perspectiva, nos dice, la corrupción no es un simple
conjunto de delitos económicos, sino una patología sistémica que carcome la razón
de ser de la actividad política, la cual, según la tradición filosófica, debería ser la
búsqueda del bien común. Al centrarse en la alteración de la finalidad, nos obliga
a ir más allá de las instituciones y las leyes, señalando que el problema radica en
la degeneración del ejercicio del poder y en la pérdida del horizonte ético que debe
guiar a los gobernantes. De esta manera, el concepto aristotélico de corrupción
implica que la política ha dejado de ser lo que esencialmente es, perdiendo su
naturaleza intrínseca.
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2.1.8. Adela Cortina: perversión de la naturaleza propia de la política
Cortina (2002) define la corrupción como el acto de pervertir una entidad,
privándola de su naturaleza propia. De acuerdo con esta premisa, la corrupción
política se entiende como la privación de la naturaleza inherente a la política. A
partir de ello, se plantea la pregunta fundamental: ¿Cuál es la naturaleza de la
política? Nuestra postura es que la política busca el bien común mediante el uso
de los bienes públicos. Por lo tanto, la corrupción política consiste en emplear
dichos bienes para satisfacer intereses particulares, en detrimento del beneficio
colectivo.
La definición de la filósofa subraya que la corrupción no es simplemente
una desviación accidental, sino una destrucción de la esencia de la actividad
política. Al desviar los recursos y la acción pública del fin teleológico que le es
propios, esto es, el bien de la comunidad, el político corrupto transforma la esfera
pública en un mecanismo de enriquecimiento personal o de grupo. El problema
ético central reside en que esta inversión del propósito deslegitima el sistema
entero, ya que el poder delegado pierde su justificación moral al dejar de servir a
quienes lo otorgaron.
2.1.9. Antonio Valdecantos: traición a la finalidad intrínseca de la política
Para Valdecantos (2015), lo esencial de la corrupción política reside en una
traición a su naturaleza intrínseca. Siguiendo este planteamiento, nos dice que, si
se considera que el verdadero propósito de la política es la búsqueda del bien
común, entonces la corrupción aparece cuando esta se emplea para fines de lucro
privado. De este modo, la corrupción política se entiende como la traición a la
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finalidad que le es propia, la cual implica la utilización de los bienes públicos para
el beneficio colectivo.
Esta traición que, desde una perspectiva ética, representa una quiebra del
principio de fidelidad que debe guiar a todo representante y funcionario público.
Al reemplazar el imperativo moral del servicio a la comunidad por la búsqueda
del interés particular, el acto corrupto no solo causa un perjuicio material a la
sociedad, sino que también socava la confianza en el sistema democrático y
refuerza la noción cínica de que el poder es ineludiblemente corruptor, lo cual,
para la tesis central de nuestra investigación, es el problema más profundo a
combatir.
2.1.10. Manuel Villoria Mendieta: el abuso del poder y el pacto de confianza
roto
Villoria-Mendieta (2019) define la corrupción política como el abuso del
poder por parte de autoridades públicas. Este abuso puede ser directo o indirecto,
presente o futuro, e implica el incumplimiento de normas legales o morales. La
clave, según el autor, es que el funcionario antepone el interés privado al interés
común. En esencia, una política corrupta es aquella que no se ejerce en beneficio
de todos, sino para satisfacer intereses particulares y egoístas.
Esta perspectiva, sugiere el autor, resalta el carácter fiduciario de la función
pública; al anteponer el interés particular, el funcionario rompe el pacto de
confianza que subyace a la delegación del poder, utilizando el cargo no como un
servicio, sino como una herramienta personal. Este abuso no solo se traduce en
desvío de recursos, sino también en el deterioro de la calidad democrática y de la
legitimidad institucional. El autor, finalmente, enfatiza que la lucha contra la
corrupción debe centrarse en fortalecer la ética pública y los mecanismos de
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rendición de cuentas para contrarrestar la tentación inherente al ejercicio del poder
de desviarse de su propósito original de servicio colectivo.
2.1.11. Andrés Torres Queiruga: robo oculto disfrazado de legalidad
Torres-Queiruga (2015) sostiene que la corrupción política es un robo oculto
de bienes públicos que se disfraza de legalidad. Su consecuencia más grave es la
destrucción de la confianza ciudadana, la cual es el fundamento de la convivencia
y el espíritu de servicio. En este sentido, la corrupción no solo es un delito, sino
que socava la relación entre el gobierno y los ciudadanos. Este robo oculto que se
ampara bajo el manto de la legalidad es lo que hace que la corrupción sea
particularmente insidiosa, ya que desvirtúa la propia noción de Estado de Derecho.
En otras palabras, al manipular las leyes para fines privados o al camuflar
prácticas ilícitas dentro de procedimientos aparentemente legítimos, se genera un
profundo cinismo en la población, que comienza a percibir las estructuras de poder
no como garantes de la justicia, sino como instrumentos al servicio de intereses
particulares. Por ende, la consecuencia más crítica de esta pérdida de confianza es
la parálisis de la sociedad civil, que se retira de la participación activa al creer que
el sistema es irreformable, perpetuando así el ciclo vicioso de la tolerancia y la
apatía que sustenta la corrupción.
2.1.12. Perla Orquídea Fragoso Lugo: práctica de dominación estatal y
sujeción patrimonial
Finalmente, Fragoso-Lugo (2019) concibe la corrupción política como una
práctica de dominación estatal basada en la discrecionalidad y la sujeción
patrimonial. En esta práctica, una autoridad pública interfiere de manera arbitraria
en el diseño y la ejecución de leyes y políticas. El resultado, según la autora, es la
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transgresión de la legitimidad del poder político al traicionar su naturaleza y sus
principios. Esta conceptualización es crucial porque traslada el foco de la
corrupción del simple acto delictivo a un modelo estructural de dominación, donde
la discrecionalidad se utiliza como un mecanismo para subordinar los bienes
públicos a intereses privados de forma sistemática.
La sujeción patrimonial implica que el Estado, en lugar de ser un garante del
interés colectivo, se convierte en el patrimonio particular de quienes lo
administran. De esta manera, la corrupción no es un fallo del sistema, sino la lógica
de operación de un tipo de poder que ha perdido toda justificación ética y que
funciona exclusivamente para su perpetuación y beneficio económico de las élites,
haciendo indispensable la crítica de la creencia social que lo tolera.
2.2. Discusión de los resultados
Con base en los resultados se pueden advertir dos ideas principales con
respecto en con respecto a la corrupción política. La primera predica que dicho
problema depende de que exista una clara distinción entre la esfera pública y la
privada, distinción que recién se empezó a desarrollar en el siglo XVIII. Antes de
dicho siglo los regentes (reyes y príncipes) se consideraban propietarios de los
territorios que gobernaban (Fukuyama, 2016). Por lo tanto, en tal instancia no
podría hablarse de corrupción política en el sentido en que la conciben los filósofos
antes reseñados: utilización de los bienes públicos para el beneficio privado. Y la
segunda idea, que es la que más nos interesa aquí destacar, refiere a que el
componente principal que se pervierte en todo acto de corrupción política es el
ejercicio del poder, esto es, no hay corrupción política sin degeneración del
ejercicio del poder.
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En vista de lo anterior, la corrupción política se concibe como un proceso
cognitivo más que como una cuestión de facto. Esta premisa guiará nuestra
reflexión con el objetivo de comprender la raíz del fenómeno de la corrupción.
Con la metáfora “raíz”, tomada de la botánica para referirse al primer órgano
embrionario de una planta, aludimos al primer elemento embrionario que se
desarrolla durante la gestación de la corrupción política.
2.2.1. El poder como elemento constitutivo de la política
Que el poder sea el elemento constitutivo de la política es una verdad
irrefutable. El concepto de poder que ha prevalecido en la filosofía y en la teoría
política contemporánea es el formulado otrora por Weber (2002): por este último
debe entenderse “(…) la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de
una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento
de esa probabilidad” (p.43). Tal concepto ha sido refrendado por algunos
especialistas en la temática, como por ejemplo Lukes (2007), quien, siguiendo al
mentado sociólogo, define el poder como la efectiva consecución de un propósito
a pesar de las resistencias. Ahora bien, si se suscribe a esta definición de poder,
como sin duda se viene haciendo desde hace mucho tiempo, entonces no resultaría
casual que se haya terminado creyendo en la famosa frase atribuida a Acton
(1998): “El poder corrompe siempre” (p.13)
2
.
Es crucial establecer una distinción entre dos perspectivas sobre el ejercicio
del poder. La primera postula que el poder siempre corrompe, lo que implica la
inevitabilidad de la corrupción política. La segunda, en cambio, propone que el
2
Aunque la frase real y completa es “(…) el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe
absolutamente”.
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poder puede corromper, lo que lo presenta como una posibilidad y no como un
resultado inexorable (Araujo-Frias, 2022). Por ende, si pretendemos combatir la
corrupción debemos eliminar de nuestro vocabulario la siguiente frase: “el poder
corrompe siempre”. Ello desde que las palabras no son inocentes, sino que
conforman marcos de pensamiento, los cuales sustentan y orientan nuestras
acciones. Cuando se las admite, reflexiona por un lado Lledó (2018), se avalan a
partir de los mismos sentidos y referencias. La mención de las ideas de Klemperer
es deliberada, ya que él sostiene que las palabras pueden actuar como minúsculas
dosis de veneno. Aunque se toleran sin mayor atención y aparentemente sin
consecuencias, a la larga se manifiestan sus efectos perjudiciales (Gamper, 2019).
El poder, como habitualmente se cree, no es a priori negativo, sino que es
la capacidad de convertir en acto una posibilidad (Marina, 2016). Y, en el caso del
poder político es la capacidad de convertir la posibilidad de gobernar en un
servicio público. Se podría afirmar, entonces, que la esencia del poder es la
voluntad, pero la esencia de la voluntad es la vida” (Dussel, 2009, p. 47). A este
respecto, el poder político tiene dos momentos: el de la potentia y el de la potestas.
El primero es el poder en o “poder constituyente”, el cual se explica por la
pulsión de vida y reside en el pueblo; en cambio, el segundo momento es el poder
para o “poder constituido”, el cual reside en quiénes representan al pueblo
(Dussel, 2006).
Dicho de otra manera, el primer momento es un poder originario,
indeterminado y soberano, mientras que el segundo momento es un poder
delegado, determinado y temporal. En el momento en el que el representante
político cree que puede ejercer el poder delegado de manera autorreferente, es
decir
, desentendiéndose o contra la voluntad de vida de quienes le confiaron dicho
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poder, se origina la corrupción política (Araujo-Frias, 2022). Porque es en ese
momento donde se rompe en su totalidad el puente que conecta la potentia con la
potestas; siendo que en la lengua latina la expresión “romper todo” se entiende a
partir de la concurrencia de los términos “con” (todo) y “rumpere” (romper).
Al fin y al cabo, lo que motiva al representante político a corromperse, es
decir, a escindirse de los intereses de quienes le eligieron, es la creencia de que
puede anteponer su beneficio particular al interés general, aún contra toda
resistencia y cualquiera sea el fundamento de su voluntad. Tal consideración
sugiere, a su vez, tres ideas parciales y provisionales. La primera, predica que la
raíz de la corrupción política se origina en la creencia que el poder corrompe
siempre. La segunda postula que la mentada creencia impide tener representantes
políticos honestos. Y la tercera agrega que toda batalla contra la corrupción
política esté perdida antes de haberse iniciado, desde que subyace a la misma la
creencia de que tal mentalidad explica los propios términos de ejercer la política.
Frases populares tales como “la política es corrupta” o “todos los políticos son
corruptos” lo demuestran.
En apoyo de que la corrupción política tiene su origen en un estado
cognitivo, vale decir
, en una creencia, concurren las tesis de dos neurocientíficos.
En primer lugar, bien vale apelar a Manes (2016), quien considera que la
corrupción se puede definir, en el sentido social, como una creencia compartida,
expandida y tolerada de que el uso de la función pública debe entenderse para
beneficio de uno mismo, de su propia familia y amigos. Y, en segundo lugar, a
Ariely (2012), quien sostiene que la corrupción política se debe en gran medida a
la tolerancia
de la sociedad frente a ella, puesto que esta última suscribe la tesis de
que el poder corrompe, siendo que la política, no puede prescindir del ejercicio del
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poder. En consecuencia, para las personas que asumen dicha creencia
generalizada, la corrupción en la política es un mal inevitable.
En suma, de conformidad con lo hasta aquí suscripto, empezar a combatir la
corrupción política requiere cambiar la creencia que el poder corrompe siempre.
¿Es posible hacerlo? Afortunadamente, las investigaciones en el campo de la
neurociencia cognitiva, la cual
intenta conocer cómo el ser humano moldea los
sentimientos y los pensamientos con los que construye la realidad del mundo en
el que vive (Mora, 2018), nos sugieren que ello efectivamente es posible.
2.2.2. Repensar la creencia que el poder corrompe siempre
Gardner (2014) sostiene que una de las claves del cambio paradigmático es
modificar las representaciones mentales de las que la persona que sirve como
fundamento para pensar la realidad: nos referimos a las creencias. En ese sentido,
si se modifica, por ejemplo, la creencia peyorativa del poder que tienen los
ciudadanos, se alteraría la representación mental del mismo y con ella, se cambia
también la percepción y práctica de la política. Evidentemente, el proceder de un
ciudadano que entiende que el poder por definición resultaría corruptor diferiría
sustancialmente de aquel otro que, en cuanto tal, comulgase ciegamente con tal
tesitura.
Al primer ciudadano le resultará indiferente votar por un representante
político honesto que deshonesto, desde que entendería que, al llegar al ejercicio
del poder, inevitablemente, tal representante se corrompería, no pudiendo exigirle
que actúe de otra manera. En cambio, el segundo ciudadano si podrá exigirle que
ejerza el encargo recibido de manera honesta; pero, además, si el representante
político incurriera en actos de corrupción, no lo podría hacer sin envilecerse y
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avergonzarse frente a la sociedad, porque pudiendo haber actuado de manera
honesta no lo hizo. Ello nos sugiere que la acción humana está determinada por
las creencias y que son ellas las que, en última instancia, conforman el mundo de
una manera muy real. En tal sentido, si como planteamos, la creencia que el poder
corrompe siempre es la raíz de la corrupción política; empezar a combatirla
requiere sustraerse de dicha creencia.
En apoyo de esta tesis apelamos al dictum de cuatro pensadores: en primer
lugar, Haidt (2019), quien en una de sus investigaciones concluye que la gente no
apoya a los gobiernos que les favorecen, sino a los gobiernos con quiénes
comparten sus creencias; en segundo lugar, Lledó (2018), quien reflexiona que la
peor de las corrupciones, mucho más grave aún que la apropiación o venta de
bienes públicos, es la de la mente; porque por debajo de lo que se piensa está lo
que se cree; en tercer lugar, Talarn (2015), quien sostiene que la corrupción
consiste en las alteraciones sustanciales de las creencias, las mismas que se
decantan en prácticas políticas defectivas; y, por último, Bilbeny (2015), quien
sugiere que la corrupción viene de la cabeza, vale decir, de la creencia que el poder
corrompe siempre.
De ahí que, en la actualidad, las estrategias para combatir tal flagelo basadas
principalmente en el endurecimiento de las penas, la promoción de mecanismos
de transparencia o la impartición de cursos de integridad y ética carezcan de
pruebas que demuestren, en cuanto tal, su efectividad (Haidt, 2019; Ariely, 2012).
En resumen, una mentalidad que alberga la creencia que el poder corrompe
siempre engendra, inevitablemente un paradigma, y, en consecuencia, una práctica
política corrupta. Esto es así porque las creencias legitiman y dirigen la acción. El
Estado, la política, el sistema judicial o policial no resultan ser intrínsecamente
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corruptos; al parecer, es la creencia en la idea de que el poder corrompe siempre
la que ocasiona prácticas corruptas en la administración pública y de justicia, en
la policía y en la política.
En función de lo hasta aquí suscripto puede concluirse, entonces, que
combatir la corrupción política exige una reforma en las creencias, y esta reforma
implica necesariamente una reforma de la mente (Morin, 2021). Porque se cambia
algo cuando se cambian las creencias, no siendo suficiente en el punto,
únicamente, reformar las instituciones.
2.2.3. La vía para erradicar la creencia corrupta
El análisis se fundamenta en los hallazgos de la sociobiología, que nos
recuerdan que solo heredamos la mitad de nuestra información genética, siendo el
remanente un desarrollo intrínsecamente ligado a nuestra cultura (Wilson, 2020).
Si bien resulta verosímil y razonable considerar que la tendencia a la corrupción
pudiera estar anclada en la naturaleza humana, lo que la haría difícil de eliminar
totalmente, lo crucial es que sí es factible erradicar las creencias sobre las que esta
tendencia descansa. Entre ellas, la más perniciosa: la creencia de que el poder
corrompe siempre.
Esta posibilidad de erradicar dicha creencia se sustenta en que el ser humano
es una síntesis de lo biológico y lo cultural: en la biología nacemos y en la cultura
nos inventamos. La cultura, definida por Marina y Rambaud (2018) como el
despliegue y la constitución de la esencia humana, es el proceso mismo del ser
humano haciéndose y dándose mundo. Esta comprensión tiene raíces históricas
profundas, pues los filósofos griegos expresaron la idea de cultura con la misma
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palabra que educación: paideía (Lledó, 2018). Por lo tanto, el ámbito educativo es
el campo de batalla idóneo para transformar el problema.
El verdadero poder de la educación no reside en su capacidad directa para
transformar estructuras abstractas, sino en su impacto sobre los actores concretos.
La famosa frase atribuida a Nelson Mandela, que sostiene que “la educación es el
arma más poderosa que existe para cambiar el mundo”, es precisa, pero requiere
el matiz de Freire (1997): la educación no cambia el mundo, sino a las personas
que van a cambiar el mundo. Este enfoque es vital para la lucha contra la
corrupción. Si se pretende construir un país sin corrupción política, el imperativo
es cambiar a las personas que ejercerán el poder político, tanto en su rol de
ciudadanos que exigen honestidad como en su eventual rol de autoridades. Es, por
tanto, una estrategia que ataca el problema desde la formación del sujeto ético y
político.
La primacía de la educación como herramienta fundamental está
sólidamente respaldada por la tradición filosófica. Filósofos de la talla de Locke
(2012) ya aseguraban que “de cien personas hay noventa que son lo que son...
debido a la educación que han recibido” (p. 15), destacando que de ahí proviene
la gran diferencia entre los hombres. De igual modo, Kant (2009) sentenció que
“El hombre sólo por la educación puede llegar a ser hombre. No es nada más que
lo que la educación hace de él” (p. 31). Prácticamente, la totalidad de la naturaleza
del ser humano depende del proceso educativo (Mora, 2016). De ahí la pregunta:
¿No es acaso la educación -entendida en su sentido más amplio: formal, no formal
e informal, incluyendo la familia y los medios- la principal herramienta que
tenemos a disposición para luchar contra las calamidades humanas, entre ellas, la
corrupción política? En efecto, educar en la intolerancia a la corrupción y a la
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impunidad, en la solidaridad y en la justicia no es solo un valor deseable, sino que
debe convertirse en un servicio público esencial. Tal propedéutica supone ser la
condición de posibilidad para que cualquier otro mecanismo legal o institucional
de lucha contra este flagelo tenga eficacia, porque, por sí solos, estos mecanismos
son insuficientes.
La evidencia conceptual y la reflexión neurocientífica nos llevan a concluir
que el problema de la corrupción radica en la mente y en los sistemas de creencias
que toleran la perversión del poder. Dado que las estrategias centradas únicamente
en la reforma institucional o el endurecimiento de penas han demostrado ser
insuficientes por solas, se hace imperativo abordar el fenómeno desde su raíz
cognitiva. La tarea de reformar la mentalidad y erradicar la creencia nociva de que
el poder corrompe siempre requiere una herramienta capaz de actuar directamente
sobre las representaciones mentales. Este cambio paradigmático solo puede
lograrse a través de la educación, entendida en su sentido más amplio como el
mecanismo principal para la constitución de la esencia humana.
El análisis filosófico y la neurociencia nos confirman algo crucial: el
verdadero problema de la corrupción está en nuestra cabeza, en las creencias que
nos hacen tolerar el abuso de poder. Las leyes y las penas severas, aunque
necesarias, no han sido suficientes para detener este flagelo. Por eso, es urgente
que ataquemos el problema donde realmente nace: en la forma en que pensamos.
La única herramienta principal capaz de reformar esta mentalidad, de desactivar
la creencia de que el poder corrompe siempre, es la educación. Solo educando la
mente lograremos forjar a los ciudadanos que cambiarán el mundo, cumpliendo
así el propósito más profundo de la paideía.
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2.2.4. La educación como arma contra la creencia de que el poder siempre
corrompe
La lucha contra la corrupción se encuentra a menudo atrapada en el
paradigma de la reforma institucional, el cual busca la solución a través de leyes
más severas, mayores controles de transparencia o la creación de organismos
fiscalizadores. Sin embargo, esta investigación, siguiendo las ideas de Ordini
(2017), postula que las buenas leyes por solas no bastan para erradicar un mal
tan profundamente arraigado como la corrupción. La verdadera defensa contra la
corrupción requiere la formación de una ciudadanía con bases éticas sólidas. Por
consiguiente, se precisa invertir en buenas escuelas y universidades capaces de
cultivar en el individuo el amor por el bien y una resistencia activa contra la lógica
predominante del lucro individual como destino único.
El argumento se refuerza con la sugerencia de Tonucci (2015), quien
desplaza el foco de las buenas leyes a los buenos maestros. La razón es
fundamental reside en que las leyes regulan la acción externa, pero es la educación
la que actúa sobre la interpretación y comprensión de la realidad interna del
individuo. La educación, entendida como el despliegue de la esencia humana, es
la herramienta por excelencia con capacidad para esculpir aquello que nos
convierte en lo que somos: el cerebro (Kandel, 2019). Esta referencia a la
neurociencia cognitiva no es accidental; subraya que la creencia no es un
constructo etéreo, sino una estructura mental que, gracias a la plasticidad cerebral,
es susceptible de ser modificada a través de procesos culturales y pedagógicos. La
educación, al reconfigurar las sinapsis y los marcos cognitivos, ataca el problema
en su origen biológico-cultural.
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En definitiva, si aceptamos el aforismo popular de que "el pescado se pudre
por la cabeza", la estrategia más eficaz contra la corrupción debe priorizar la
reforma mental sobre las reformas institucionales. Esto se logra desafiando
directamente la creencia compartida de que el poder corrompe siempre. Al
deslegitimar esta fatalidad, se elimina la base cognitiva que permite a la sociedad
tolerar la corrupción como un mal inevitable, sentando las bases para una
ciudadanía que exija y ejerza la honestidad.
Conclusiones
La corrupción política no reside en la realidad intrínseca del poder, sino en
la creencia compartida de que el poder corrompe siempre. Esta creencia
generalizada genera dos consecuencias perjudiciales principales: por un lado, hace
que el representante político se distancie de los intereses del pueblo que lo eligió,
y por otro, lleva a la sociedad a tolerar la corrupción al considerarla un mal
inevitable. Por lo tanto, para combatir este flagelo de manera efectiva, lo esencial
no es enfocarse únicamente en la reforma de las instituciones, sino en erradicar
esta creencia que constituye la raíz del problema. El problema, según la tesis
central, radica tanto en los hechos de la realidad como en el modo en que se piensa
y se concibe dicha realidad.
La reforma de estos sistemas de creencias compartidos es indispensable para
una lucha eficaz contra la corrupción política. El único medio capaz de lograr esta
reforma mental y erradicar la creencia perniciosa de que el poder corrompe
siempre es la educación. El ser humano es una simbiosis de biología y cultura, y
si bien la tendencia a la corrupción puede ser parte de la naturaleza humana, las
creencias que la sustentan sí pueden ser erradicadas culturalmente. La educación,
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concebida como el despliegue y la constitución de la esencia humana, es la
herramienta principal que permite esculpir el cerebro y reformar la mente de las
personas, siendo la base de la cual dependen todas las demás estrategias contra la
corrupción.
En definitiva, el combate contra la corrupción política no depende
primariamente de las reformas institucionales, sino de la reforma de las creencias
de los ciudadanos. Esta reforma es crucial porque las creencias son el motor de la
historia y son las que legitiman y dirigen la acción, pudiendo cambiar el contexto
de corrupción. Educar en la intolerancia a la corrupción, la solidaridad y la justicia
es fundamental para formar una ciudadanía que no normalice estas prácticas y sea
capaz de exigir una acción política honesta. Esto implica cambiar a las personas
que ejercerán el poder político, tanto como ciudadanos como futuras autoridades,
haciendo de la educación la condición de posibilidad para la eficacia de cualquier
otro mecanismo de lucha.
Recomendaciones
1. El combate efectivo contra la corrupción política debe reorientarse de un
enfoque meramente institucional a uno que ataque la raíz cognitiva del problema:
la creencia compartida de que el poder corrompe siempre. Por lo tanto, en primer
lugar, se recomienda priorizar una estrategia de reforma del sistema de creencias
de la ciudadanía, pues son las creencias las que legitiman y dirigen la acción. La
educación es la única herramienta principal para llevar a cabo esta reforma. Los
esfuerzos deben dirigirse a formar una ciudadanía que comprenda que el poder
puede no corromper (una posibilidad y no un resultado inexorable), y que, por lo
tanto, pueda exigir a sus representantes un ejercicio honesto del poder. Instituir la
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educación en la intolerancia a la corrupción, la solidaridad y la justicia debería
convertirse en un servicio público esencial, ya que es la condición de posibilidad
para que cualquier otro mecanismo de lucha sea eficaz.
2. En segundo lugar, se recomienda un cambio de perspectiva urgente en el
abordaje del fenómeno de la corrupción, considerándolo un proceso cognitivo y
no solo una cuestión de facto. Esto implica la necesidad de adoptar una visión
filosófica informada por los avances de la neurociencia cognitiva, que es la más
provechosa para comprender cómo se incuba la corrupción en la mente humana,
dado que el fenómeno se manifiesta como una conducta determinada por las
creencias sociales. Atacar la corrupción desde su raíz requiere dejar de lado las
estrategias basadas en el endurecimiento de penas o los mecanismos de
transparencia que, por sí solos, carecen de pruebas de efectividad, y enfocarse en
cambiar las representaciones mentales del poder, para evitar que la ciudadanía
perciba la corrupción como un mal inevitable y lo tolere.
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Declaración de conflicto de interés y originalidad
Conforme a lo estipulado en el Código de ética y buenas prácticas publicado en
Revista Clío, el autor Araujo-Frias, Jaime, declara al Comité Editorial que no
tiene situaciones que representen conflicto de interés real, potencial o evidente, de
carácter académico, financiero, intelectual o con derechos de propiedad intelectual
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publicación. De igual manera, declara que el trabajo es original, no ha sido
publicado parcial ni totalmente en otro medio de difusión, no se utilizaron ideas,
formulaciones, citas o ilustraciones diversas, extraídas de distintas fuentes, sin
mencionar de forma clara y estricta su origen y sin ser referenciadas debidamente
en la bibliografía correspondiente. Consiente que el Comité Editorial aplique
cualquier sistema de detección de plagio para verificar su originalidad.
Declaración de financiación
El autor declara que la presente investigación no recibió financiación externa o
específica de ninguna agencia, organismo o institución pública o privada. Los
costos de la investigación fueron cubiertos por el autor.
Declaración de uso de herramientas de Inteligencia Artificial (IA)
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